El diálogo transpersonal o la verdadera compasión

Capítulo I: El diálogo interpersonal vs. el diálogo transpersonal

Capítulo II: El diálogo transpersonal vs. el diálogo interpersonal

 

 

Capítulo I: El diálogo interpersonal vs. el diálogo transpersonal

Benjamín Pérez Franco 18-10-2021

 

La persona

Las sensaciones que captan nuestros sentidos pueden provocar reflejos de acercamiento o alejamiento con el fin de facilitar la sobrevivencia de los seres sensibles. Un olor muy desagradable o una serie de pinchazos por espinas de una zarza, podría inclinarnos a buscar un camino más saludable o menos peligroso.

Las emociones se han ido generando con el fin de la sobrevivencia de los seres emocionales. Unas emociones nos resultan placenteras y otras desagradables. Las desagradables pueden avisarnos de peligros y las agradables de ventajas. Cultivar una relación de pareja con una persona agresiva que nos genere emociones de miedo e, incluso, peligro de nuestra integridad física, puede ser una mala decisión y tendemos a evitarla.

Para resolver problemas inmediatos y/o y previsibles enlazamos conceptos mediante la reflexión, o sea, el pensamiento. El objetivo es facilitar la supervivencia de los seres racionales. Ante un mar embravecido podemos reflexionar que sería mejor no bañarse o no embarcarse. Las emociones y sensaciones, a veces, podrían provocar conductas perjudiciales, por eso la razón ayuda a determinar qué emociones o sensaciones orientadas a la retirada resultan provechosas para la vida pese a su apariencia perjudicial. Por ejemplo, podría ser necesaria la amputación de un miembro que se esté gangrenando, aunque su resección resulte muy dolorosa. La razón puede ayudar a distinguir conductas útiles para la vida a medio y largo plazo pese a que puedan tener efectos desagradables a corto plazo.

La memoria permite acudir a un almacén de sensaciones, emociones, pensamientos y conductas pasadas, con el fin de que se produzca la detección de un peligro inmediato o futuro mediante el reconocimiento de un “patrón” que ya se dio en el pasado. De este modo, podemos reconocer y tomar una conducta rápida, casi intuitiva, cuando aparece un peligro inmediato (lo que llamamos el “reconocimiento de patrones”), o, si se trata de un peligro futuro, planificar una conducta que disminuya la probabilidad de que se repitan esos peligros, u otros parecidos, que se dieron en el pasado.

Todos estos componentes anteriores, tomados conjuntamente, constituyen lo que consideramos nuestra identidad, o sea, nuestra creencia sobre quiénes somos. Por ejemplo, podría resumir parte de mi identidad del modo siguiente: “Yo soy carpintero. Tiendo a olvidarme de los guantes metálicos, por lo que tengo un mayor riesgo que otros carpinteros de sufrir un corte severo en la mano cuando utilizo una sierra que me impida trabajar. Tengo dos hijos pequeños que dependen de mi sueldo para vivir. Creo, entonces, que debo hacerme un seguro de accidentes para garantizar mejor, en el futuro, tener un medio de ganarnos el sustento”

Desde un punto de vista práctico, las creencias con las que nos identificamos constituyen una serie de características y capacidades sumamente útiles para desempeñar nuestras actividades cotidianas con el menor riesgo posible, como hemos visto en el ejemplo anterior. Sin embargo, también conllevan un riesgo aumentado de sufrimiento al identificarnos, firmemente, como individuos separados del conjunto universal. Cuando esa identificación es tan rígida no apreciamos que todas esas sensaciones, emociones y pensamientos son precisamente eso, cosas, objetos que aparecen, no que se me aparecen ¿Y quién se da cuenta? Al proceso de darse cuenta es a lo que llamamos conciencia. Tendemos, entonces, a considerar los contenidos de la conciencia, relacionados entre sí y con nuestras creencias sobre quiénes creemos ser, como nuestra última esencia. Esto nos lleva a darles tanta importancia que tenemos la fantasía de que las interpretaciones particulares que cada persona hace de sus sensaciones, emociones y pensamientos previos son verdades casi absolutas. Estas creencias son consideradas desde el ficticio punto de vista particular de un personaje, con una genética y unas vivencias determinadas diferentes de las de las creencias que son apreciadas desde otros puntos de vista ligados a otros conjuntos genéticos y de vivencias, a otros personajes. Cada personaje las considera separadas y más verdaderas que las de los demás que, a su vez, están viéndolas desde otros puntos de vista también diferentes, separados y más verdaderas que las de “los otros”.

Pero si consideramos que todas esas vivencias sentidas o pensadas, son apreciadas, observadas por algo común a todos los personajes o conjuntos deferentes de creencias, que es la capacidad de observación, la conciencia de las cosas, o, simplemente, la Conciencia, podemos comprender que todo arranca de algo único, no separado en partes. Sin embargo, no podemos darnos cuenta de la propia conciencia en sí porque, precisamente, lo que se da cuenta es la propia Conciencia. Así que la Conciencia es, en última instancia, lo que contiene o constituye todas las percepciones cuando las hay o la potencialidad de percepción cuando no las hay. Esta es, verdaderamente, la última esencia que subyace tras el personaje.

 

El monólogo personal

Estamos casi todo el día sintiendo emociones y recibiendo sensaciones cambiantes continuamente que van siendo interpretadas por el pensamiento. La constatación de la existencia de ese flujo continuo, de esos contenidos de la conciencia conduce a la elaboración automática de complejas interpretaciones-pensamientos que ligan y religan esos elementos entre sí y con otro tipo de pensamientos que son los recuerdos del pasado y los planes de futuro. Este conjunto de percepciones inmediatas, mezcladas con las percepciones tipo-recuerdo y las percepciones tipo plan, producen una sensación de personaje continuado que podríamos denominar historia personal y al que podríamos adjudicarle, incluso, un rol en el mundo, y, un carácter. Aquí se incluye la calificación de mi o nuestro y la presunción de voluntad propia separada del conjunto de la vida. A este proceso perceptivo continuado lo podríamos denominar también el monólogo personal porque construye el personaje, lo que llamamos la persona ficticia. Además, por la intensísima, pero falsa, interpretación de coherencia interna que conlleva podríamos calificarlo de monólogo hipnótico. Así pues, el monólogo personal resulta ser como un rosario de pensamientos-interpretación de las percepciones de sensaciones, emociones y otros pensamientos, ligados entre sí por el hilo de los pensamientos-memoria.

Una vez arraigadas esas historias o roles y caracteres con los que nos identificamos, se hace muy difícil apreciar que esa sucesión continua y cambiante de percepciones es independiente del personaje que no tiene posibilidad de elegir las siguientes percepciones que tendrá, y, por tanto, que no tiene voluntad propia como hemos visto. Esa identificación ilusoria de los contenidos de la conciencia como nuestra verdadera identidad, produce una “ralentización”, “congelación”, “atascamiento”, “rigidificación”,” falta de frescura” en la percepción del cambio de eventos de la vida y conlleva una cronificación de las creencias y la ilusión de tener un carácter propio y ser una persona independiente. Esta identificación produce una gran cantidad de sufrimiento relacionada con la continua decepción que produce lo que ocurre en lugar de lo que querríamos que debiera ocurrir.

 

El diálogo interpersonal

En base a las características del monólogo personal, tras el que subyace la creencia en un sujeto o persona que se relaciona con otra persona separada, podríamos clasificar los diálogos interpersonales en los siguientes subtipos:

El diálogo dominador: Busca doblegar a los otros. Intento mostrar mi autoridad para que los demás sigan mis propuestas. El objetivo es que yo gane por las malas si es preciso. No importa hacer evidente el objetivo y que los demás vean claro que soy yo quien manda. Utilizado en sistemas autocráticos civiles y militares y entre las diversas jerarquías sociales y etarias.

El diálogo manipulador: Busca convencer o persuadir a los otros para que se sientan convencidos de que mi interés es el suyo y me sigan en la consecución del mío. Yo también soy el único beneficiario, los demás no importan, pero no deben darse cuenta de ello. Es frecuentemente utilizado en el marketing.

El diálogo negociador: Pretende logra una toma de decisiones compartida, los dos ganamos, tú te quedas con una parte del asunto y yo con otra. Pero, la razón de mi diálogo es conseguir la parte del pastel que a mí me toca, aunque para ello tenga que compartir el pastel. Usado frecuentemente en política y en los diálogos particulares cuando intervienen personas razonables.

El diálogo capacitador: intenta ayudar al otro a que logre sus propios objetivos. Pero la razón de querer ayudarle es también personal. Es un diálogo frecuente en las profesiones de ayuda como la psicoterapia o el trabajo social.

El diálogo compasivo tradicional o caritativo o de lástima: Intenta ayudar al otro de un modo aparentemente altruista, pero sesgado por mis convicciones sobre el objetivo que el otro debería alcanzar (por ejemplo, el cielo tras la muerte). Ayudo al otro de una forma moral, a que alcance lo que yo considero deseable para él. O sea, el objetivo no es tan altruista como parece porque se dirige a reforzar mis propias creencias, aunque sea en la ayuda a los otros. Además, identificarme con el dolor de los demás sin comprender su origen en la separación, conlleva bien un sentido de superioridad (“yo estoy bien, tú estás mal”) o un sentido de autocompasión falsa (“siento pena de mí mismo si pasase por lo mismo que tú estás pasando así que aliviar tu pena alivia la mía”); la verdadera autocompasión sería quererse a uno mismo tal y como es en cada momento.  Este es un diálogo muy reivindicado por las diversas religiones e incluye la caridad.

El diálogo empático: Intenta comprender al otro desde su propia visión, desde sus propias creencias, desde sus zapatos, para poder así poder adaptarme a él en cualquiera de los otros tipos de diálogo independientemente del nivel de ayuda altruista que conlleven. Por ejemplo, un vendedor de coches puede precisar ser empático con su cliente, simplemente para saber cómo venderle mejor su coche.

 

Hasta aquí podemos hablar de diálogos interpersonales que se inician desde la propia visión personal (el monólogo personal) para lograr fines en los que yo necesito de los demás para reforzar mi yo.

En el diálogo transpersonal, como podremos ver en el artículo titulado “El diálogo transpersonal vs. el diálogo interpersonal”, no te impongo mi visión, no asumo la tuya, no te intento convencer de tener una visión más razonable, no intento ceder un poco para que tú cedas otro poco, no intento ponerme en tus zapatos para empatizar contigo y conocerte mejor con cualquier objetivo, no trato de adaptarme a ti o ayudarte o capacitarte por lástima o por reforzar mis creencias y deberes morales adquiridos culturalmente. No siento lástima por los demás porque son perfectos como son, al igual que yo ¿Quién soy yo para sentir lástima por nadie? El universo hace su trabajo y en este se incluye mi deseo de ayudar en una forma práctica (la solidaridad ha facilitado el surgimiento y desarrollo de la vida según nos explica muy bien la gran bióloga Lynn Margulis), pero no me obliga a sufrir por ello, que es lo que conlleva tener lástima.

 

 

 

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